jueves, 30 de septiembre de 2010

La verdadera historia de Atalaya

El viejo venia caminando cansado, cargando ademas de sus penas y sus miserias y su hambruna, a su esposa. LLevaba ademas una hermosa vaca, a esa altura su unica pertenencia con cierto valor de cambio, y sobre su lomo llevaba algunos bartulos y trapos para improvisar un refugio al caer la noche.

Caminaban hacia el sur, a escasos metros de una antigua huella por donde circulaban carros y caballos. Pasaron los pueblos, las lagunas, las noches, y amanecio. Y llegaron a un descampado en medio del cual se ergia una inocente construccion que rezaba en una de sus paredes "Aqui se come bien y barato...". De entre las pelusas de los bolsillos, nacian unas chirolas benditas que acallaron el alarido de los estomagos. Ni una palabra mas, ni un paso de arrastrado. Decidio entrar mientras su esposa esperaba afuera. No habia mas que 2 o 3 vagabundos tirados sobre algunas sillas, y el dueño del lugar, amable y atento, detras de la barra. "pasen y sientense, aqui se sirven los mejores desayunos...".

El hombre, en tono solemne dijo: "estimado, ...sabra Ud. que no tengo dinero con que pagar, solo unas pocas monedas..."

"solo monedas...?", pregunto el dueño desconfiando. "Veo que carga con su esposa..., y una hermosa vaca...". El hombre lo penso un instante, era dificil decidirse, y sin saber si era un desafio ofrecio la hermosa vaca a cambio de un buen desayuno y algunas provisiones para el viaje. El dueño acepto la oferta con un gesto e invito a sentarse a los cansados comensales. El hombre ingenuamente pregunto... "que hago con la vaca...? que hago con la vaca??". El instante de lucidez de uno de los vagabundos que alcanzo a balbucear "...metetela en el orto...", fue tapado por un seco e imperativo " atalaaya...", dicho por el dueño del bar con el resumido acento lugareño, al tiempo que señalaba una especie de amarradero para caballos y otros animales de porte similar. Luego de la gustosa transaccion, el hombre y su esposa siguieron su camino con la panza mas calma y algunos dias de gracia en sus espaldas. El hombre jamas supo que su desventura dio nombre a un parador que se volveria emblema de la perdida de tiempo para desayunar sobre la ruta, ni tampoco imagino que hubiese pasado si en lugar de entregar a la vaca hubiese empeñado a su mujer. Nadie sabe que fue de la vida de los cansados viajeros, ni del destino de la vaca, ni de la suerte de los vagabundos.

Al menos sabemos que los reflejos del barman evitaron que los turistas desayunen las mejores medialunas en un lugar llamado "metetela en el orto"





se-si-bon & el rescate de ciertas historias improvisadas

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