Con la resignación en su mirada, y un dejo de ironía por saberse en sus últimos suspiros, un viejo alce malherido pregunto a su sicario: “..dime querido tigre, hermano mío, como haz podido hacerme esto?...”. A lo que el tigre, de filosos colmillos y presencia intimidante contesto con una voz tan suave que puso en duda la autoria de tremenda desazón: “…viejo alce, perdona este desenlace. El instinto es la obra de la naturaleza, y nosotros tan solo somos sus hijos…Que mas puedo hacer yo que despedirte?...”
La noche despertó con la agonía de un llanto silencioso, y las lágrimas del alce cerraron sus ojos para siempre. Para ese entonces, la luna volvió a asomarse, y las sombras se escondieron en su bello resplandor.
ReyGaruffa, durante la madrugada.
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